Al principio había energía pura, fuerza vital de flujo libre que hace que las cosas sucedan, alimenta las relaciones con facilidad, pone la voluntad en un terreno indestructible y mueve el cuerpo con poder y flexibilidad en la vida. Estas estructuras saludables están básicamente disponibles para todos nosotros.

En el curso de nuestras propias vidas, pero también en las vidas de nuestros antepasados, hay experiencias y golpes del destino – muchos de ellos formativos, algunos incluso traumáticos – que nos empujan emocionalmente al límite. Como resultado, constriñen la energía vital, la bloquean o incluso la reprimen completamente.

Compensamos la pérdida de nuestra plenitud original con estructuras de supervivencia que aseguran simultáneamente nuestro progreso y la necesidad básica de pertenencia. Estas estructuras incluyen, entre otras cosas, rasgos de carácter elogiados como la asertividad, la disciplina, la perseverancia, la determinación, la resistencia o la gran adaptabilidad.

Estas estructuras, que normalmente nos llevan muy lejos, se vuelven problemáticas cuando se vuelven unilaterales o incluso obsesivas después de muchos años. Las cosas que aseguraban nuestro progreso y, si era necesario, nos hacían crecer, se congelan en el estancamiento y contribuyen así a una crisis privada o profesional.

El proceso de desarrollo y crecimiento conduce de nuevo a la fuerza vital y a la estrechez experimentada en el actuar y en el ser. Para este fin se utilizan diversos formatos y métodos que pueden hacer visibles nuevas perspectivas vivientes.

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